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Brux recuerda que en aquella época a veces les llegaba una carta de fuera y que alucinaban. El club tenía en aquella época cerca de 2. El Sankt Pauli no tiene sala de trofeos ni nada que celebrar deportivamente. Hoy juega en la segunda división de la Bundesliga alemana.

Terminó séptimo la pasada temporada, de nuevo soñando con regresar a la primera división en la que ya compitió algunos años en el pasado.

Aunque el HSV se encuentra en primera y la rivalidad es otro sueño inalcanzable. Me cuenta que mientras veía el partido él ya sabía que perder la categoría significaría también para él perder el trabajo, que su puesto ya no sería necesario ni habría presupuesto, y que mientras lo presenciaba ya se estaba imaginando acudiendo al día siguiente a la oficina del desempleo. Lo curioso es que los valores sociales del club se transmiten desde la grada hasta el extremo.

Pero la afición respeta al adversario y le aplaude si juega bien. No queremos faltas sucias ni que se tiren a la piscina. Así lo explica Ewald Lienen, de 51 años, hoy director técnico del club.

Es un hombre directo y habla un español directo y cargado de palabras malsonantes, como se aprende a hablar en un banquillo. Fue jugador antes que entrenador, en todas las categorías. Desde hace un año ocupa ese puesto de director técnico, pero fue antes, durante tres temporadas, entrenador del equipo. Esa afición es la que ha convertido el Sankt Pauli en lo que es. En Sankt Pauli no. Aquí los hinchas participan en la toma de decisiones y tienen derecho de veto.

Sucedió, por ejemplo, en , cuando el club había alcanzado un acuerdo de patrocinio con la revista masculina Maxim y los aficionados lo criticaron y rechazaron porque consideraban que esta fomentaba una imagen sexista de la mujer.

Y ha sucedido también recientemente cuando el portal Airbnb quería anunciarse en las gradas del estadio y no se aceptó, porque los habitantes del barrio creen que esta empresa es una de las responsables del imparable proceso de gentrificación que vive la zona y que obliga a muchas familias trabajadoras y humildes a mudarse porque se encarecen los precios de las viviendas. También ocurrió con la empresa Under Armour, que patrocina y confecciona la equipación del equipo.

Inicialmente no querían esa colaboración porque esta marca también hace uniformes para el ejército. El club organizó entonces un viaje a Estados Unidos en el que participaron varios representantes de los aficionados para conocer las instalaciones de la compañía y su filosofía. Allí vieron que sí, que hacen esa ropa para los militares, como otras grandes multinacionales del deporte, pero también conocieron los proyectos sociales que la empresa realiza y decidieron dar vía libre al acuerdo.

Y por eso nuestra meta, lo ideal, sería un posible regreso a primera. Un simple paseo por Millerntor lo confirma. Veo grandes murales en sus paredes interiores que conducen a las gradas donde aparecen dibujos cargados de mensaje. Dibujos a favor de la igualdad de sexos. Porque esos valores que se transmiten desde la grada al club, desde el barrio a la grada, no se quedan en el estadio.

También van a instalar puntos de recarga para coches eléctricos en el aparcamiento del estadio para concientizar y fomentar sobre su uso.

Y desde hace una década dan apoyo a los refugiados que llegan a la ciudad. No solo hacen campaña, como muestran esos enormes eslóganes y murales, sino que también los aficionados se organizan para acogerlos, compartir días de partido con ellos o para darles asistencia legal gratuita una vez a la semana en la zona de aficionados habilitada en el exterior del estadio para sus actividades y cuyos gastos, en este caso de abogados, sufraga el propio club.

Pero también fuera de Hamburgo y del país. S e han involucrado directamente en programas así en Cuba también. Bajo la marca Ewaldbienenhonig comenzaron a vender miel a los aficionados y en el barrio. Las abejas son fundamentales para sostener toda la vida. Sin la polinización natural que realizan desaparecerían los cultivos y sin estos no habría alimentos.

Miles de trabajadores haciendo el trabajo de las abejasporque no hay abejas. Eso es una locura. Cuando surgió la campaña, algunos medios, recuerda, les criticaron. Lo contaban como que estaban vendiendo miel en el estadio. Después enciende el iPad que sostiene entre sus manos y me muestra el buzón de su correo electrónico.

Todos los días, me dice, le llegan decenas de correos de organizaciones que les piden apoyo o que se sumen a sus causas.

Él, me cuenta, tiene un proyecto en mente que quiere desarrollar con el club. Dice que antes en una clase había un niño gordo y el resto eran delgados, y que ahora la excepción es encontrar un niño delgado. Y dice que van a comenzar a fomentar ese deporte en los centros educativos de las escuelas del barrio, para después trasladarlos a las de la ciudad y de ahí a las del país.

Tiene una clara posición ideológica. En sus gradas, cada fin de semana de partido, conviven trabajadores, comunistas y anarquistas, los habitantes de la zona. Es el reflejo del activismo del barrio desde los años ochenta. Y el mejor ejemplo de ello fue lo que sucedió a comienzos del pasado mes de julio. Se celebraba en Hamburgo la cumbre del G y miles de personas salieron a las calles para protestar.

La calle Karolinenstrasse, otra de las avenidas principales, de edificios tradicionales blancos y color crema, ardió literalmente con hogueras, escaparates apedreados, barricadas y persecuciones policiales con decenas de detenidos. Durante los días que duró la cumbre, el Millerntor abrió sus puertas para que los activistas pudieran refugiarse e incluso pernoctar en sus instalaciones si no disponían de otro lugar en el que hacerlo.

Una alemana de cargado acento de barrio vestida con una camiseta negra con el escudo de la calavera pirata. Es una de las aficionadas del club, una de las vecinas de la zona, que hoy se ha acercado al estadio para colaborar porque es día de ayuda a los refugiados.

Se llama Julia, pero se niega a dar su apellido. Los hinchas del Sankt Pauli se sienten activistas y recelan de los medios de comunicación. Me critica que nosotros, los periodistas, siempre distorsionamos lo que dicen. Una queja aprendida y recurrente. No quieren dar sus nombres y se encaran con los fotógrafos cuando alguno intenta hacerles fotos, aunque sea un día de partido. Es la misma sensación que se transmite en todo el barrio.

En la mesa que el bar tiene en la calle tres españoles beben cerveza mientras charlan. Trabajan en restaurantes de la ciudad y llevaban al menos tres años ya viviendo en Hamburgo. Se han aficionado también a acudir de vez en cuando a los partidos del Sankt Pauli, sobre todo por el ambiente. Porque entonces desde por la mañana se echan a la calle y a los bares antes de acudir al estadio y vuelven a ellos después de cada encuentro. Pero esa comparación no se considera real.

Aunque es conocido por el fervor de su afición y por ser también de un barrio obrero, el Rayo no deja de ser una empresa privada, un negocio puro y duro.

Pero también se monta mucho circo. La afición es auténtica, sí. Esa es la gran paradoja del Sankt Pauli. Basta entrar en la tienda del estadio para apreciarla. Allí se venden centenares de objetos de todo tipo. Desde las bufandas y camisetas típicas hasta llaveros, gorras, pastillas de jabón e incluso cepillos de dientes.

Desde el club, sus responsables de comunicación defienden que gracias a que venden esos cepillos se pueden realizar sus proyectos sociales. Pero son conscientes de que también deja en evidencia otra realidad y otra explicación. También dicen que es una moda ir a ver al Sankt Pauli. El debate, sin embargo, no termina ahí. Al otro lado de los muros del estadio el barrio cambia su cara. Aunque la mayoría de LOS protestantes. So mb r a puta , s om bra de una esclava, sombra de un [ Hure ns chatt en, Sklavenschatten, Sc hatte n eines [ Caviar ruso, carro s d e putas d e P arís, vino [ Una aldea boliviana inaccesible.

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